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por Special_Kare
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Capítulo VI Nadie le perseguía, pero para ella era imposible controlar aquella sensación tan cercana a la paranoia, a cada paso presuroso, giraba el rostro con el deseo de no encontrarse ante la mirada de la anciana que tan raras palabras de había dicho. No era una joven fácilmente asustadiza, podríamos decir que el motivo de su miedo era en esta ocasión cómplice del instinto que le dictaba un escalofrío a cada momento, quizá existía una relación con la serie de sucesos extraños de los que era parte desde aquel momento en que resultó muerta ante los ojos de tantos, desde aquel momento tan raro del que recordaba tan poco si no queremos decir que nada. Paró frente a la cafetería del centro, necesitaba de una buena taza de expreso, mientras la señorita que le atendía se hacía enredos con las medidas justas de cafeína para lograr algo decentemente bebible, Marsella tomó asiento en la mesa que daba al ventanal de cristal, miró despistada, tomó de lado de un florero con margaritas el periódico del día, bajó la vista, la regresó a la calle, bajó la vista, la volvió hacia fuera, regresó a las letras y entonces no dio crédito a lo que enfrentó tras el cristal de la ventana. La mujer de rostro arrugado le observaba con aire compasivo, aunque siendo más benevolentes podríamos definir el gesto como uno de ternura extrema. Marsella pagó con monedas sueltas para ahorrase las cuentas, respiró con dificultad y con fingido disimulo giró el rostro en busca del misterio que escondía aquella mujer que le seguía los pasos. No la encontró más, no estaba más ahí. +++ …Exhaustos tendieron al cadáver con la cara al cielo, no fue menos el asombro cuando reconocieron en sus facciones los dulces pliegues de una sonrisa de mujer… La abadía del pueblo fue notificada del suceso, sería éste un trabajo con el cual pondrían a prueba a Theron, el viejo sacerdote el poblado quien a pesar de ser respetado y honrado por la mayoría de los residentes, tenía una cuenta pendiente con su honor y por tanto, necesitaba de algo como esto para devolverse la confianza de sus seguidores. Corrían los tiempos de la inquisición -mal nombrada Santa a pesar de todas las excusas religiosas que quieran justificar el adjetivo de semejante atropello-, hacía ya dos años, tiempo que puede resultar suficiente para cualquier cosa menos para ésta que nos concierne. Nadie podía perdonar, por lo menos abiertamente, la osadía que mostró Theron cuando en el momento de decidir la ejecución de Emma, le perdonó sus pecados. Emma era una mujer madura y de belleza incomparable, los hombres que la miraban caminar no podían disimular con éxito el deseo de seguirle con la cabeza hasta donde su vista les permitía, las mujeres también le miraban, algunas con celosa inquietud otras con explícita envidia, pero Emma era a ojos de todos, una mujer que destacaba del resto y que sin duda causaba en la gente cualquier tipo de sentimientos. No era esa su intención, si ella pudiera decidir, sin duda preferiría ser la persona más inadvertida, sin embargo esa era su realidad y ya había aprendido a vivir con ella. Le acusaron de herejía, octubre de 1325. Su hogar era una acogedora morada donde con cautela, su madre y su joven hija Sibila compartían los secretos que de no ser por las excéntricas ideas de la época hubieran tenido una acogida social menos escandalosa. Se trataba apenas de algunos libros, es cierto que en ocasiones, Emma platicaba con su no menos hermosa hija Sibila sobre asuntos que tenían que ver con el alma, la muerte, los espíritus pero no era la intención ahondar sobre costumbres de magia, lo que intentaba Emma en todo momento, era encaminar a Sibila en una formación que le dejara desarrollarse fuera de las limitantes de su entorno, una formación que le liberara, donde su alma fuera la prioridad y no atendiera a las falsas e impuestas ideas de morir sin haber hecho de su vida algo que le dejara llegar a los brazos helados de la muerte sin una sonrisa que delatara su perenne felicidad mientras la pudo construir. Sibila admirada de manera incansable la entereza de su madre, quería pensar que equivalía a dos, padre y madre, pero lo cierto es que para Sibila, su madre era más que dos personas, era todo. Desde pequeña, Sibila aprendió a leer en secreto, no era permitido tanto pos su condición de humilde como por su propio género que tuviera siquiera una acercamiento con las letras, pero hemos dicho ya antes que a Emma le gustaba conseguirse libros, era quizá su espíritu temerario lo que la empujaba a tener ya una colección bastante decente de ejemplares literarios, pasaba a veces que la gran aventura sólo consistía en obtenerlos, después, logrado el objetivo, los ocultaba en su hogar sin siquiera abrirles las gruesas portadas. Sibila era quien los leía, no tenían ningún desperdicio entonces, los esfuerzos de su madre. Para la abuela era un eterno padecer, no podía, sin embargo, culpar a sus descendientes de tal actitud, cuando joven la abuela también dio mucho de qué hablar y quizá por ello, estas mujeres terminaron siendo ante los ojos de todos un trío de misteriosas y excéntricas personas, envueltas de rumores y habladurías que ya parecían leyendas locales. No faltó quien se atreviera a desafiarlas aunque la mayoría optaba por negarles el saludo a pesar de dedicarles siempre el inevitable repaso visual curioso cada que se las topaban. Nada de esto significó mucho para ellas, se bastaban, se tenían entre sí, todo era tranquilidad hasta ese octubre oscuro y lleno de tristeza, se acusó a Emma de promover una inconcebible y poco religiosa doctrina, se le anunció que sería juzgada y cuando todos decidieron que era culpable, Theron, el de la última palabra, dijo no. Su libertad fue el inicio de la más dura de las pruebas, hubo entonces noches eternas de imparables lágrimas, deseaba con cada latido de su corazón que esa hoguera ardiera a su alrededor, deseaba morir en medio de esos dedos que le señalaban, deseaba hacerse cenizas, desaparecer en medio del miedo y las sonrisas. +++ Marsella tenía miedo, mucho miedo. Con todo su temor ocupó un asiento en la plaza del centro. Hubo entonces un batir de alas sobre su cabeza, aquella paloma de gris oscuro la hundió con la armonía de su vuelo en un sopor que ya le pesaba en los párpados, de su mano cayó el vaso de unicel, el café todavía humeante caminó sin destino sobre el pavimento, la mano de ella con los dedos curveados y la suave palma a la espera del roce de alguien que nunca llegó. Durmió por segundos. Despertó alarmada de su letargo tras haber visto pasar ante sus ojos cerrados una serie de imágenes en agresiva velocidad. Miró hacia el suelo y encontró su expreso desparramado alrededor de sus zapatos, sus piernas y brazos se sentían adormilados, hasta entonces notó que sus labios semiabiertos de paralizaban ante la sorpresa de esas imágenes de fuego, agua, lágrimas, dolor, muerte.
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duliz81

15/06/07 - 11:53:46
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